ContraHistorias

Historia, análisis y cambios sociales

Los orígenes de la Doctrina Monroe

Posted by mutaturinillis en 13 septiembre 2009

Cuando el 2 de diciembre de 1823 el presidente de los Estados Unidos James Monroe estableció la Doctrina que llevaría su nombre, las repúblicas latinoamericanas recién nacidas, o las que se encontraban aún en pleno parto como Perú y Bolivia, no la vieron como la herramienta de injerencia y dominación en la que se convirtiría a lo largo de los dos siglos siguientes. La Doctrina Monroe, de hecho, fue interpretada poco menos que como una declaración de apoyo a las independencias recién conquistadas por los criollos desde México a la Argentina, si bien esta ilusión apenas duraría unos pocos años.

De hecho, el origen de la declaración se encuentra en el temor de los Estados Unidos a una nueva expansión europea en el contiente latinoamericano. En 1823 la mayor parte de la Latinoamérica colonial se había librado del dominio español y portugués, viéndose reducido los primeros a sus bastiones en las zonas que se convirtirían en las repúblicas de Perú y Bolívar (luego Bolivia). Sin embargo, la Santa Alianza en ese mismo año entraba por los Pirineos en la Península Ibérica a fin de restaurar el absolutismo como sistema de gobierno español. Ahora bien, para los territorios independizados de América Latina ese objetivo restaurador podía incluir, justamente, la restauración del absolutismo en América, cuyos estados aún contaban con una gran debilidad política y militar; para los Estados Unidos, esto significaba un nuevo periodo expansionista europeo que ponía en peligro su consolidación interna como Estado (objetivo para el cual se habían dotado de una política exterior aislacionista con respecto a Europa, a fin de marcar sus propios tiempos en materia política), así como su objetivo expansionista hacia el occidente, que en el momento de su independencia se encontraba ocupado por grupos indígenas. De hecho, uno de los motivos de la independencia estadounidense habían sido los acuerdos tomados por Gran Bretaña con las tribus del interior, que impedían a los colonos su extensión hacia aquellas tierras. Un nuevo periodo expansionista europeo podía cortar de raiz esas aspiraciones, ya que de acuerdo a la legalidad internacional de la época los territorios no ocupados o reclamados eran libres de tomarse por cualquier nación con capacidad para ello y, obviamente, las comunidades indígenas no eran consideradas dueñas legítimas del territorio en virtud de su “salvajismo”.

Al mismo tiempo, la acción de la Santa Alianza, implicaba un serio peligro para los intereses comerciales ingleses. Aunque el gobierno británico aún no había reconocido la independecia de las repúblicas latinoamericanas, sí que mantenía ya en esos momentos un importante tráfico comercial con las mismas. De hecho, estas constituían una parte importante de la provisión de materias primas necesarias para el desarrollo de la industria británica, al tiempo que servían como mercado para las manufacturas realizadas en las islas británicas. De este modo, parecía existir una coincidencia de intereses entre Gran Bretaña, Estados Unidos y las repúblicas latinoamericanas a fin de salvaguardar la independencia de estas últimas. Sin embargo, hay varias cuestiones que se deben atender antes de llegar a esta conclusión.

Territorio de los Estados Unidos en el momento de la formulación de la Doctrina Monroe. Gran parte de los nuevos territorios no habían sido efectivamente ocupados y, en gran medida, seguían controlados por tribus indígenas.

La primera es  la cuestión de las relaciones de poder mantenidas entre estos tres actores. Gran Bretaña no estaba tan interesada en mantener un estado de dominación completo, es decir, de anexionarse los territorios independizados como nuevas colonias (aunque ello no significase que tratara de hacerlo en determinadas circunstancias) sino más bien como una dominación económica que mantuviese la independencia formal de las repúblicas. Esto se concretaba en las Declaraciones de amistad y comercio firmadas como requisito para el reconocimiento del estatus de independencia y que, básicamente, eran tratados de libre comercio por los cuales se abrían las fronteras latinoamericanas a productos manufacturados ingleses impidiendo así el desarrollo industrial de las antiguas colonias. La industrialización que EEUU había alcanzado, al menos en el Norte, permitía por un lado evitar esa relación vertical con Gran Bretaña al tiempo que obligaba a buscar constantemente fuentes de materias primas así como mercados para sus industrias en plena expansión. Para Estados Unidos, era necesario expandir aún más su industria antes de lanzarse a una política imperialista fuera de norteamérica. América Latina, por su parte, al cumplir con su papel de suministradora de materias primas (bien para la metrópoli, bien para su “socio comercial” británico) se encontraba con una debilidad que estrechaba su margen de acción independiente en la política exterior: su objetivo, prácticamente único en estos momentos, era garantizar su independencia formal.

La segunda cuestión sería la capacidad real de los implicados por satisfacer sus pretensiones. Como hemos dicho, las repúblicas latinoamericanas no contaban con ningún margen de acción política, diplomática o económica. Y en cuanto a su fortaleza militar, los embriones de ejércitos regulares se encontraban aún inmersos en el conflicto con la metrópoli o incubando nuevos conflictos fraticidas. Estados Unidos, por su parte, no tenía capacidad para hacer efectiva la declaración América para los americanos en el plano militar, lo cual había quedado demostrado diez años antes con su derrota ante Gran Bretaña por el control de Canadá. Los diplomáticos colombianos y brasileños que, dos meses después de la declaración de Monroe, tratarían de formalizar una alianza con los estadounidenses lo comprobarían, al negarse estos últimos a tal acuerdo. Tan solo Gran Bretaña, con su control efectivo de los mares, era capaz de impedir una reconquista española de sus antiguos territorios; al mismo tiempo, en Europa solo Francia, que dirigía las acciones militares de los Cien Mil Hijos de San Luis para restaurar el absolutismo en España, tenía capacidad para realizar tal reconquista. Pese a los rumores que circularon por ambos continentes en este sentido, no parece que Francia tuviera mayor interés en realizar dicha empresa y exponerse a un conflicto con Gran Bretaña y salvar los dominios españoles a cambio de, quizás, Cuba y alguna otra isla cedida por España (que era a lo que apuntaban los rumores mencionados).

De este modo, la Doctrina Monroe dificilmente podía ser algo más que un farol de la política estadounidense del momento a fin de garantizar su propia consolidación como Estado. De hecho, la propia doctrina sería convenientemente olvidada durante las intervenciones británicas en latinoamerica que se sucedieron en las décadas siguientes: la extensión de la Honduras Británica y la ocupación de las islas Malvinas (1833), así como el establecimiento del protectorado sobre los indios misquito en Nicaragua (1841). Hasta mediados del siglo XIX, con Estados Unidos ya con plena capacidad de expandirse y crear su “patio trasero”, la Doctrina Monroe no sería rescatada y convenientemente interpretada como herramienta de extensión imperialista de la nueva potencia regional.

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Una respuesta to “Los orígenes de la Doctrina Monroe”

  1. monica♥ said

    esta extensa, pero tiene buena informacion 🙂

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