ContraHistorias

Historia, análisis y cambios sociales

El choque de civilizaciones y la simplificación del mundo

Posted by mutaturinillis en 16 enero 2010

En 1993 Samuel Huntington planteaba, en un artículo que tres años después se ampliaría en el libro El choque de civilizaciones, su análisis sobre la configuración del mundo tras el fin de la Guerra Fría. Según el autor la caída del bloque del socialismo real no implicaba el dominio occidental sobre el resto del planeta, sino que el (re)surgimiento de civilizaciones diferentes e incluso antagónicas al modelo capitalista liberal plantearía nuevos escenarios de confrontación en las periferias de dichas civilizaciones. Tras los atentados de septiembre del 2001, la obra de Huntington ha sido una de las coartadas ideológicas que han justificado las acciones de EEUU y sus aliados en distintos puntos del globo. Ahora bien, ¿son aceptables las premisas y conclusiones de Huntington para establecer un análisis certero del mundo actual?

Civilizaciones definidas por Huntington en El choque de civilizaciones. Según el autor, los principales conflictos se producirían en las fronteras entre civilizaciones, especialmente las antagónicas como la musulmana y la sínica con respecto a Occidente. (Imagen extraida de Wikipedia)

Civilizaciones definidas por Huntington en El choque de civilizaciones. Según el autor, los principales conflictos se producirían en las fronteras entre civilizaciones, especialmente las antagónicas como la musulmana y la sínica con respecto a Occidente. (Imagen extraida de Wikipedia)

Huntington establece una serie de civilizaciones que actualmente conviven en el planeta: la Occidental (de la que parten dos “subcivilizaciones”, la ortodoxa y la latinoamericana), la musulmana, la judía, la hindú, la sínica, la japonesa, la subsahariana y la budista. Es a partir de estas civilizaciones que Huntington establece que los principales enfrentamientos del siglo XXI se darán entre estados y grupos de naciones pertenecientes a distintas civilizaciones, ya que la diferencia de valores hace imposible la coexistencia pacífica entre las mismas. Como demostración empírica se muestran los conflictos de la Guerra del Golfo o la desintegración de Yugoslavia.

Antes que nada, deberíamos establecer qué es una civilización. Su pueden establecer distintas definiciones, más restrigidas o más amplias. Según el británico Arnold J. Toynbee (en cuya obra Huntington se apoya en un primer momento) son el resultado de las adaptaciones de determinadas comunidades a los desafíos a los que se enfrentan, definición a partir de la cual delimita a la civilización occidental como una cultura marcada por la democracia liberal y la industrialización, la cual coexiste con al menos otras veinte civilizaciones (a las que añade una serie de civilizaciones detenidas o extinguidas). Podemos aceptar la definición de Toynbee sobre qué es una civilización, sin embargo a la hora de demarcar determinadas civilizaciones el simple análisis de sistemas políticos y económicos nos resultaría excesivamente simplista, y a partir de este momento es cuando entran en juego una infinidad de factores (desde la religión a la gastronomía, pasando por manifestaciones culturales, modos de socialización, etc)  y, dependiendo del número de criterios que usemos, podremos hablar de civilizaciones (o culturas)  de una forma más o menos restrictivas según nuestros criterios. En cualquier caso, lo que sí que deberíamos tener claro es que, a la hora de contraponer distintas civilizaciones, es necesario marcar los mismos criterios para el análisis de las mismas. En caso contrario, sería como si quisieramos comparar la calidad de un equipo de fútbol con respecto a uno de balonmano.

Mapa elaborado según el índice de democracia elaborado anualmente por The Economist, en el que los colores más claros indican un mayor índice de democracia. Notense la gran variedad de los espacios comprendidos en el área subsahariana. (Imagen: Wikipedia)

Esta es una de las principales fallas de Huntington. A la hora de definir las distintas civilizaciones para unas utiliza criterios políticos, económicos e históricos (como en el caso de la civilización occidental), para otras un criterio puramente geográfico (la civilización subsahariana) y para otras criterios religiosos (civilización ortodoxa, mundo musulman…). Lo primero que se observa es que la civilización con unos criterios más complejos es, obviamente, a la que el autor pertenece: la occidental (la cual, por cierto, comprende la práctica totalidad del mundo considerado como “desarrollado”). El análisis de la presunta civilización subsahariana aparece como el más simplista de todos, con un criterio puramente geográfico en el que entran en el mismo nivel Sudáfrica con su democracia liberal, la monarquía absoluta de Swazilandia o Liberia, estado creado para acoger a los esclavos liberados durante el siglo XIX. La gran cantidad de conflictos que durante las últimas décadas se han producido en esta región (desde movimientos revolucionarios a conflictos étnicos pasando, obviamente, por guerras para controlar recursos naturales) no parece que merezcan un análisis más detallado sobre la naturaleza de esta “civilización” en la que coexisten décenas de grupos étnicos, modos de producción, creencias religiosas o formas de organización social que en muchas ocasiones entran en contradicción con las delimitaciones y formas de los estados.

La definición de la civilización musulmana como una unidad basada en el Islam también muestra una fuerte simplificación, más grave aun si tenemos en cuenta los conflictos que se dan en estas regiones en las que se encuentran involucradas potencias occidentales bajo el liderazgo estadounidense. Mientras que Huntington acepta definir a la “civilización ortodoxa” en base a la ascripción mayoritaria de la población a esta rama del cristianismo, las divisiones del Islam (las principales, el Islam sunní y el Islam chií) no parecen merecer la misma consideración. Obviamente, tampoco entran en el análisis las diversas formas que tienen sus habitantes de vivir el credo islámico en todos sus aspectos, entre las que se encuentran manifestaciones culturales que entran abiertamente en contradicción con los preceptos coránicos y que, debido a su arraigo, son tolerados e incluso alentados por las autoridades políticas, sociales y religiosas de las distintas comunidades. Tampoco se soluciona la contradicción entre establecer una “civilización” más o menos homogénea en el “mundo islámico” con las fuertes tensiones geopolíticas y sociales que se viven en esta región. La alianza entre la fundamentalista Arabia Saudí y Estados Unidos contra el Iraq laico de Sadam Hussein, las tensiones fronterizas entre Argelia y Marruecos o la fuerte desestabilización en la frontera entre Pakistán y Afganistán rompen el modelo de civilización relativamente homogénea enfrentada inevitablemente a Occidente. Y estos ejemplos tan solo tienen en cuenta factores geopolíticos, ya que si entramos a valorar todos los factores que influyen en el interior de una sociedad (factores socioeconómicos, de estructura de clases, de organización del estado, de lazos sociales…), cualquier intento de homogeneizar seriamente a los 1.500 millones de musulmanes del mundo cae al primer intento. En el plano político, desde el Panarabismo de Nasser (por cierto, basado en la cultura árabe antes que en la religión, y con una fuerte influencia del modelo de desarrollo occidental) no ha existido un intento serio de crear algún tipo de unidad en el “mundo islámico”. Más bien, el destino de cada estado ha estado marcado por diversas oligarquías locales en muchos casos fuertemente vinculadas al “mundo occidental”.

Las definiciones de Huntington encajan perfectamente en lo que Edwar Said ya analizara en su libro Orientalismos. Occidente construye una imagen del mundo más allá de sus fronteras basada antes en mitos y en simplificaciones que en un conocimiento objetivo de las distintas realidades. Esta imagen cumplen el papel de legitimar la hegemonía occidental sobre el resto del globo desde la Edad Moderna, en un proceso no muy diferente de la imagen creada en la Grecia clásica o Roma respecto a los bárbaros. La construcción de la imagen del Otro en el imaginario colectivo legitima los intentos de dominación, directa o indirecta, en unos casos en base a una “misión evangelizadora” o desarrollista, en otros (más actuales) en base a la necesidad de defenderse contra las “hordas bárbaras”. Al mismo tiempo sirve para ocultar las diversas contradicciones que se dan en el seno de las sociedades, al homogeneizarlas, y que finalmente son las que acaban transformando, destruyendo o creando las civilizaciones. El concepto de civilización, de forma más amplia o más reducida, puede ser útil a la hora de estudiar las dinámicas de la Historia o las realidades actuales siempre y cuando se tengan en cuenta que no existen (ni han existido) entidades monolíticas libre de tensiones y contradicciones, y que no existen estructuras sociales, económicas o políticas completamente autosuficientes.

El gran éxito de Huntington no ha sido tanto su capacidad de convencer sobre la validez de sus hipótesis, sino establecer las coordenadas por él propuestas como las principales a la hora de analizar el mundo. Gran parte de los discursos sobre política internacional giran actualmente en torno a la necesidad de prepararse para el inminente enfrentamiento entre civilizaciones o, por el contrario, de establecer alianzas entre las mismas. En cualquier caso, pocos líderes políticos se cuestionan la existencia de esas civilizaciones, cayendo en el discurso simplificador que acaba legitimando las políticas dominadoras de cualquier bando.

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Una respuesta to “El choque de civilizaciones y la simplificación del mundo”

  1. […] El choque de civilizaciones y la simplificación del mundo contrahistorias.wordpress.com/2010/01/16/el-choque-de-civili…  por mutaturinillis hace 2 segundos […]

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